Estén siempre alegres en el
Señor; se lo repito: estén alegres. El Señor está cerca.
Gaudéte in Dómino semper: íterum dico, gaudéte.
Dóminus enim prope est.
Oremos:
Mira, Señor, a tu pueblo que espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo,
y concédele celebrar el gran misterio de nuestra salvación con un corazón nuevo
y una inmensa alegría.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Me alegro en el Señor con toda el alma
Lectura del libro del profeta
Isaías
61, 1-2a.10-11
El espíritu del Señor está sobre
mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los
pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los
cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del
Señor.
Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque
me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia,
como el novio que se pone la corona, como la novia que se adorna con sus joyas.
Así como la tierra echa sus brotes y el jardín hace germinar lo sembrado en él,
así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Lucas 1
Mi espíritu se alegra en
Dios, mi salvador.
Exsúltat ánima mea in Deo meo.
Mi alma glorifica al Señor y mi
espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la
humildad de su esclava.
Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Exsúltat ánima mea in Deo meo.
Desde ahora me llamarán dichosa
todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo
puede. Santo es su nombre y su misericordia llega, de generación en generación,
a los que lo temen.
Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Exsúltat ánima mea in Deo meo.
A los hambrientos los colmó de
bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo.
Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.
Exsúltat ánima mea in Deo meo.
Conservémonos irreprochables en cuerpo y alma hasta la llegada del Señor
Lectura de la primera carta del
apóstol san Pablo a los Tesalonicenses
5, 16-24
Hermanos: Vivan siempre alegres,
oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de
ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien
el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse
de toda clase de mal. Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y
que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la
llegada de nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y cumplirá
su promesa.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Aleluya, aleluya.
El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para anunciar la buena
nueva a los pobres.
Spíritus Dómini super me: evangelizáre paupéribus
misit me.
Aleluya.
En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen
† Lectura del santo Evangelio según
san Juan
1, 6-8.19-28
Gloria a ti, Señor.
Hubo un hombre enviado por Dios, que se
llamaba Juan: éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos
creyeran por medio de él. El no era la luz, sino testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron
desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle:
"¿Quién eres tú?"
El reconoció y no negó quién era. El afirmó:
"Yo no soy el Mesías".
De nuevo le preguntaron:
"¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?"
El les respondió:
"No lo soy".
"¿Eres el profeta?""
Respondió:
"No".
Le dijeron:
"Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos
enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?"
Juan les contestó:
"Yo soy la voz que grita en el desierto: "Enderecen el camino del
Señor", como anunció el profeta Isaías".
Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron:
"Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el
profeta?"
Juan les respondió:
"Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no
conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle
las correas de sus sandalias".
Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Celebrante:
Confortados por el anuncio de la venida del Señor, oremos, hermanos y hermanas,
mientras esperamos confiadamente nuestra total liberación:
A cada petición, respondemos: Ven, Señor, a liberarnos.
Para que Dios visite a
Ven, Señor, a liberarnos.
Para que con la tutela divina
nuestros tiempos sean tranquilos y nuestra vida feliz, roguemos al Señor.
Ven, Señor, a liberarnos.
Para que el Señor, con su venida,
cure los dolores de los enfermos, dé paz y alegría a los que no la tienen y
libre al mundo de todos los males, roguemos al Señor.
Ven, Señor, a liberarnos.
Para que quienes ahora recordamos
con piedad la primera venida del Señor en la carne, merezcamos participar
también con gozo en su gloriosa aparición al final de los tiempos, roguemos al
Señor.
Ven, Señor, a liberarnos.
Celebrante:
Señor Dios, Padre de los pobres y desamparados, que llamas a todos los seres
humanos a participar de la paz y bienestar de tu reino; escucha nuestra
oración, muéstranos tu bondad y danos un corazón puro y generoso para allanar
el camino al Salvador. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
Te pedimos, Señor, que este sacrificio,
signo de nuestra total entrega a ti, te sea ofrecido siempre para que realice la
intención que tuviste al instituir este sacramento, y lleve a cabo plenamente
en nosotros tu salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Las dos venidas de Cristo
En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan
de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para
que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la
plenitud de su obra, podamos recibir los bienes
prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.
Por eso,
con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin
cesar el himno de tu gloria:
[Misa]
He aquí que vendrá nuestro
Salvador; ya no tengan miedo.
Dícite: Pusillánimes, confortámini et nolíte
timére: ecce Deus noster véniet et salvábit nos.
Oremos:
Que esta Eucaristía nos purifique, Señor, de toda mancha, y nos prepare así a
celebrar dignamente la Navidad ya próxima.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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